Llevaba alrededor de cuarenta minutos sentado en su sofá favorito del salón mirando fijamente la puerta que daba a la calle, mas concretamente se fijaba en el portero automático. La vista del viejo era perfecta y aunque a veces se nublara, era capaz de atravesar el oscuro pasillo y centrarse en el objetivo. Durante ese tiempo no le fue posible evitar el incremento de ciertas sensaciones desagradables que le venían acompañando desde el día que concretó la fecha con los servicios sociales de su municipio. Fue hace un mes de aquello y aún se enfuruña pensando en cómo se pudo dejar engatusar. La asistenta social que le atendió, una joven pelirroja de cara regordeta y salteada de pecas, fue tan amable con el viejo que estuvieron charlando y riendo en ocasiones, durante cerca de una hora. Él, aconsejado por un vecino, pretendía que le recomendaran algún tipo de mascota para enfrentarse a la soledad que según sus palabras le chupaba el corazón hasta dejárselo como una uva pasa. Su mujer, dijo, se había ido a ese barrio que hay detrás de las estrellas, y a pesar de sus celo por acompañarla, nunca quiso desistir del hastío de vivir. La muchacha, que por joven e inexperta no debía porque carecer de cariño y encanto, le recomendó encarecidamente que se dejara visitar por un voluntario. Existía un servicio social nuevo y gratuito de acompañantes que ayudaban a pasar los momentos de aislamiento, eran generalmente personas dispuestas a colaborar sin recibir nada a cambio, y que tan solo tenían que pasar unas horas charlando, jugando al ajedrez, o simplemente estando presente. Y que además si quería tener una mascota, que no lo dudara y que ella misma se encargaría de encontrar la mas adecuada a su perfil. El viejo disfrutaba platicando con la muchacha y a medida que transcurría la conversación se iba sintiendo mas y mas cómodo. Ensalzaba a la joven por su desenfado, y con cierto pudor, por su juventud y belleza. El viejo, un tanto obnubilado, aprobó a regañadientes el consejo del asistente voluntario que amigablemente le ofreció la chica y aceptó encantado la mascota que le había prometido conseguir. Se dieron la mano como profesionales que cierran un trato y le acompañó a la salida recordándole que estuviera atento al teléfono, que se pondrían en contacto con él para indicarle la cita con el voluntario y los avances con el presumible perrito.
¿Por qué tenía que venir nadie a su casa a hablar de temas absurdos y banales?, ¿no estaba suficientemente claro que la persona que apareciese esa tarde lo hacía por pena?. Le angustiaba pensar que la vejez y su cómplice el tiempo le estaban humillando. Sentado en su sofá favorito y mirando el portero automático se hizo eco del presente al escuchar el sonido del timbre de la puerta. Los nervios le invadieron y le atraparon unos segundos en su profundo cetro de cuero. Estaba sobresaltado y apenas podía levantarse. ¿Estaría abierta la puerta del portal y por eso llamaba directamente a la puerta?, ¿sería un hombre joven, adulto, una mujer quizás?. Por fin, se desencadenó del miedo y con pasos largos y altaneros se dirigió a la puerta. ¿Qué es lo peor que me puede pasar, que me sienta humillado, desvalido y ayudado por alguien a quien doy pena?, y si es así… Mañana hablo con aquella asistenta social tan agradable y que…
-Guau!! Guau!!
-¿Está usted ahí?, soy la chica con la que habló el otro dia. ¿Hay alguien ahí?
Estaba confuso y sorprendido. Quitó el cerrojo de la puerta con dificultad y antes de que pudiera abrir del todo una perrita correteaba entre las piernas del viejo moviendo la cola como el parabrisas de un turismo.
-Me encantó charlar con usted y puesto que los martes y los jueves por la tarde lo tengo libre… Siempre y cuando usted esté de acuerdo, por supuesto. Quizás prefiera un muchacho para hablar de cosas de hombres…
El viejo no pudo evitar que la perrita le chupara las manos, ni pudo evitar llorar, y mucho menos pudo evitar abrazar a la joven como hacía años que no abrazaba a nadie.